Cuando la tormenta
por fin se calma
y no hay penas
quemando el alma,
se eleva vanidosa
la niña de mis ojos.
De entre sombras,
de entre zarzas,
se eleva esplendorosa
envuelta en tonos rojos.
De altas montañas rodeada,
sin saber cuál escalar se halla.
La niña de mis ojos preocupada,
no distingue la adecuada.
Cuando han venido
y se han marchado
mil suspiros que yo,
travieso he provocado,
se aparece sigilosa
su figura incandescente.
Todo me lo roba,
todo se lo queda,
la niña de mis ojos...
y sus manos de seda.
De altas montañas rodeada,
por toda la belleza embelesada.
La niña de mis ojos sonriente,
alza la vista esperanzada.
Y cuando negras nubes
vuelven, y amenazan
caprichosas toda paz,
se refugia inteligente
la niña de mis ojos.
E impaciente.. sólo espera
a la nueva primavera,
en que volver a bailar,
en que volver a brillar.

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